miércoles, 18 de abril de 2012

Entrevista a un escritor.

Entrevista a la escritora Piedad Bonett Vélez
Un lunes del mes de marzo del 2012, una mañana que inicia con el matutino despertar de la gente, el correr de los carros y los trancones que superan la imaginación de los ancianos, en ese instante sale Mario Reyes desde Real de minas en su bicicleta deportiva, el aire frío de la mañana acaricia sus pulmones congelando con monóxido de carbono los alvéolos. Charlie en su vespa anda por la autopista que de Floridablanca conduce a Bucaramanga, su cabello no se mueve y su mirada atenta marca el camino acostumbrado, y yo, Mario Pérez, voy en mi transporte preferido. Montado en los tenis venus recorro las calles del barrio San Francisco. Siete de la mañana, en la entrada del edificio de humanas de la Universidad Industrial de Santander, inicia la reunión de los tres mosqueteros en busca de la tan anhelada entrevista, aquella que el profesor Wilson, a cargo de la materia “Didáctica de la lengua materna II” nos puso como ejercicio con el fin de conocer el arduo trabajo de ser escritor.
Algunas horas planeando cómo hacer de manera sencilla, pero eficaz la entrevista a Piedad Bonett, teniendo solo los datos del correo “skype”. Así los tres decidimos que para el ejercicio es necesario que uno sea el entrevistador, y Mario Reyes es el sentenciado debido a que la oportunidad se le brindó en clase de “Literatura Colombiana” de cuatro a seis de la tarde del mismo día.
El tocayo emprende su ruta hacia la sala de vídeo, su mente está atiborrada de preguntas, la puerta se cierra, el color marrón queda en la visión de los dos combatientes que esperan a su compañero de lucha. Mientras tanto, Mario Reyes, dentro de la habitación del tiempo recibe la oportunidad de hablar con la escritora Piedad Bonett.
Un magistral saludo para romper la distancia entre las dos pantallas, una pregunta sobre el tema de la escritura: ¿Cómo entra en su trabajo el tema de lo cotidiano?, y enseguida todo fluye. Lo cotidiano es el punto de partida en la mayoría de mi obra, encontrando en ella una fuerte influencia marcada por las lecturas que realizaba de poetas que incorporaban esa temática en sus obras. Rosales Castellanos habla de cocinar de estar en la cocina, en la mesa. Ver todo desde lo más simple de lo cotidiano y con el punto de vista de una mujer. Eran tiempos de beligerancia y feminista, pero desde muy temprano tuve claro.
Siguiendo con la respuesta de la escritora, es preciso tener en cuenta que la entrevista fue realizada en clase de literatura colombiana, por ende toda la conversación que se tuvo está parafraseada por los autores del respectivo escrito.
La labor de la vida doméstica era desconocida para la escritora Piedad Bonett, aspecto que fue decisivo para el desarrollo de su arte, escribir. Existe la posibilidad de encontrar lo divino en lo cotidiano en mis escritos, simplemente observando las labores de la casa, se percibe esa belleza de lo cotidiano.
¿Por qué la decisión de escribir poesía en primera instancia? En la adolescencia como mucha gente escribí poemas para desahogarme, entre otros para apartar la soledad, porque desde que llegué a Bucaramanga estuve interna a un colegio, “La Merced”. Ahora el colegio queda en un lugar céntrico, y antes donde quedaba era la naturaleza pura en un extremo de la ciudad y yo con una edad de trece años. Encontraba mucho refugio en la lectura y de igual forma en la escritura, es ahí donde empiezo, y la poesía es una vía importante para el desahogo. Ahí fue donde encontré la vena poética, lentamente en esa soledad en ese silencio y de alguna manera en ese despamparro.
Cuando llegué a la universidad me pareció que la poesía era un arte de segundo orden, como le parece a la mayoría de los seres humanos, entonces inicialmente yo quería ser cuentista y novelista, escribí algunos en la universidad y luego intente escribir una novela, pero como la poesía no perdona se me impuso.
Estuve siempre movida por circunstancias personales, pienso que la poesía siempre obedece a una parte que no tiene que ver con un pensamiento reflexivo sobre lo que está afuera, pero con nociones propias que están dentro de uno así sean mezcladas con cosas concretas de la realidad externa, retomé la poesía a los veintidós años, encontrando de nuevo ese camino que había perdido. Siempre tenía esa incredulidad de que alguien leyera lo que escribía, esa fue la razón para ir lento y demorarme mucho. Mi primer libro lo escribí durante diez años, cuando publican el libro, empiezo a tener más confianza en mí misma. Escribir es un camino, que digamos, me compromete a mejorar cada vez.
Varias apreciaciones que la escritora Piedad Bonett menciona sobre el ejercicio y la dura labor de ser escritor. Mario Reyes sale de la apresurada entrevista con algunos apuntes en su cuaderno dislocado, además del recurso de un vídeo que grabó mientras él aparentaba la voz de periodista.
Salimos rumbo al anfiteatro de ideas, donde algunas empiezan a tomar forma, a resucitar entre la oscuridad, luego de observar el material encontramos elementos que sin preguntar directamente a la escritora Bonett son notorios. Aspectos que desarrolla el trabajo de Walter Ong en su texto “Oralidad y escritura”, la oralidad primaria que es observable en la comunicación, en el discurso. La oralidad secundaria que se percibe en todos los aspectos: la tecnología empleada para el desarrollo de la entrevista, la escritura y además los textos que ha escrito Piedad Bonett poemas, novelas y cuentos.
Muchos pensamientos divagan en nuestra mente, Charlie abraza la idea del escritor y docente Daniel Cassany en su texto “Construir la escritura”, el aporte que defiende es: la escritura es una virtud, que es preciso moldear con su ejercicio, aprender a escribir se aprende escribiendo y leyendo. Cualidad que se encuentra en las palabras de la poetiza Bonett, en ese instante donde menciona que el refugio y la salida a la realidad era la lectura, y para distraer la soledad su meditación era escribir poesía, donde se expresa esa cotidianidad que todo ser humano intenta extrapolar.
Sin más rodeos ahora a escribir, la entrevista a cargo de Mario Pérez, el cual opta por hacer una crónica de lo sucedido, de esos vaivenes que trae la vida, busca mezclar el testimonio de la escritora colombiana en frases no tan poéticas, no tan melancólicas. Formar oraciones parece sencillo, términos que aguardan los siguientes, una mirada cálida de las vocales, un tono seco de las consonantes. En realidad tener el proceso sobre el duro trabajo de escribir, que al tiempo es placer descomunal por sentir las caricias de los textos inacabados, es único.
Gracias a la colaboración de la escritora colombiana Piedad Bonett quien hizo posible está entrevista en la clase de Literatura Colombiana, a Mario Reyes, Charlie Vallejo y vuestro escritor Mario Pérez. Tres mosqueteros en busca de la pasión literaria y pedagógica.  

martes, 17 de abril de 2012

Intento de imitar a Irving Penn

Retrato tomado por Irving Penn
Imitación de retrato con base al de Irving Penn, por Mario Pérez. Modelo Nubia Rivera 

domingo, 25 de marzo de 2012

Aserrín aserrán los maderos ya no son de San Juan (Crónica sobre ¿cómo se hace?)


Don Mario el carpintero.
Varios estornudos antes de ver la silueta de aquel hombre cubierto por delgadas y espesas capas de polvo, ese aserrín que deja el aroma de bosque mutilado inundando las conciencias. Lunes, comienzo de semana, nueve de la mañana la labor ha iniciado hace una hora, del fondo del local sale una voz tosca y ronca, mi tocayo me saluda con su aire habitual de soñador, de artista, él sale de la niebla artificial con su cabello tiznado de marrón claro, con un tapabocas negro, la ropa manchada por pinturas, pegante y aserrín.
-Mario, cómo vamos-. Saluda dejando la marca de su labor matutina en mi mano derecha, la de él áspera, gruesa, con los nudillos secos y grandes; los dedos en la punta con una simetría extraña, anchos y planos, no eran una espátula pero hacían bien su función de lijar, de limar los bordes que dejan la imperfección y que como toda es corregible.
Carpintería de Don Mario.
-Bien, pasando un momento por acá para conocer su arte don Mario, ¿si es posible?- Respondo al saludo. Y él sin negar la sonrisa que se dibuja en su rostro me invita a su lugar de trabajo, un sitio sencillo, un pequeño local esquinero ubicado por los lados de la plaza San Franciso, con arte rupestre en su fachada, algunas marcas de tablones pintados, trozos de madera que adornan el andén de la transcurrida calle y sin ningún letrero que anuncié que es una carpintería.
Mueble (mesedora) acabado.
-Siga, pero siga, estoy haciendo un mueble, bueno un sillón para un juego de muebles del señor Carlos, el de la tienda, es que quiere que combine con los otros, pero aún está en proceso, (ríe un poco sonrojado), y estás sillas que estoy arreglando, es lo que más llega por acá-. Una nube se levanta mientras empieza a pulir la madera que aún no tiene forma, la acaricia con sutileza, con ritmo: arriba, abajo, una vez tras otra. El carpintero diestro produce un sonido que a veces destempla los dientes, que puede fastidiar, que se mezcla con los motores de los carros, los pitos, o simplemente que rima con el silencio mientras araña la existencia.
Clavos, pegante, barniz, pintura, lija, madera, todo para lograr arte, una silla, un comedor, un sofá, a partir de un tronco que se consigue en el aserradero. A Bucaramanga llegan los camiones cargados con melancólicas vigas marrones sin vida, con destino a la morgue, allá donde el verde desaparece, donde hombres jóvenes o ancianos llevan en un cortejo fúnebre los pesados cuerpos. Emprendo el viaje a la avenida quebrada seca con carrera quince, donde jamás faltan los trancones por los vehículos de carga estacionados a lado y lado de las vías, atestados de mercancía, en busca de trabajo entre los gritos, silbidos e insultos, el ambiente natural.
Parado en una esquina observo la Llegada de un doble troque, se estaciona cerca, el olor a neumático y a bandas quemadas me dice que llega de viaje. El conductor se baja y pregunta por los “coteros”, y así empiezo a ver una carpa que se levanta y deja al descubierto los troncos, esos que días atrás tenían en sus ramas, cientos de insectos, miles de hormigas y el hogar de algunos pájaros, ahora desnudos inician la travesía a varias carpinterías para ser moldeados, ya que su belleza original no es tan buena como aquella que puede crear el humano.
Madera moldeada.
Don Mario compra muy pocas veces “el material puro” como lo llama él, prefiere el que viene moldeado para simplemente hacer los acabados, los perfectos acabados, pero en este caso tiene uno para sacar tablas, está haciendo un bifet para la cocina de doña Leonor, no muy grande pero sí ostentoso, quizá tan esplendoroso como lo era el árbol, pero sin avechuchos y bichos pegados a él.
Ya es tarde son las seis y el día termina como los demás, hoy solo fue posible observar cómo llega “el material puro” a la carpintería de don Mario y ver lo elemental, sacudiendo el aserrín de mis zapatos me despido, mañana será otro día.
Martes. Llegué temprano, a las ocho, era una cita con el tocayo hoy va a arreglar unas sillas y empezar con el bifet, el sillón tendrá que esperar. Hay mucha madera en las cuatro esquinas de la carpintería esperando ser utilizada, bultos de aserrín amontonados y don Mario me dice – Esa madera tiene años de estar ahí es la que me sobra de los trabajos, hay “madeflex”, más que todo-. “Madeflex”, uno de los muchos tipos de madera, liviano, delgado y manejable, pero débil se parte con mucha facilidad.
-Muchacho, sosténgame ahí la tabla fuerte, para que le pueda echar el pegante a la otra y que ésta no se despegue-. En ese momento sostenía el espaldar de una silla de comedor, no muy bonita, pienso que es de alguien humilde, de no ser por el pegamento que entraba por mi nariz hubiera seguido haciendo conjeturas, pero la falta de costumbre mareaba mi imaginación.
-Esta silla la he arreglado como unas cuatro veces, da guerra la “hijuemadre” y el señor Francisco insiste en no comprar una nueva-. Sonrío, no sé si por el efecto del pegante o porque el comentario es gracioso, ya un poco alejado de las nauseas y respirando aire “puro” en una de las dos puertas del local, entiendo qué es mueble para la mayoría de los carpinteros, casi todo. –Mario ahora sí vamos al mueble, al bifet, empecemos. Yo creo que para el viernes en la tarde estará listo si me dedico solo a él-. Me alegré, ahora sí vamos a ver en qué te conviertes naturaleza.
Parte del bifet.
Miércoles. Las tablas están listas para ensamble, es un rompecabezas, escoger las piezas y unirlas, el aroma a colbón ya no fastidia tanto, los pulmones no se anchan en cada respiración, tratan de mantener la cordura en mi cabeza, así pasan las horas y terminamos los cinco compartimientos, donde irán los platos, vasos, cubiertos, y muchas cosas más que pondrá doña Leonor.
El jueves voy en la tarde, y ya casi está listo, bueno en el bosquejo que tenía mi mente, las puertas estaban puestas, con esas bisagras doradas, la madera tenía su tallado en varias figuras, aquellas que dibujaba, la imaginación de don Mario, con el ir y venir de sus gruesas manos de tanto lijar, para dar una forma exquisita y perfecta. El color es un marrón natural, ese que nadie tiñó, ese que solo marcan los años y que en segundos se arranca.
Viernes, la madera ya es un mueble más, un bifet, tres capas de pintura trasparente, dos de barniz para protegerla del polvo y la suciedad. Don Mario termina por agregarle los últimos toques, los clavos y puntillas no se ven, están camuflados por dentro y por fuera si acaso se notan, las puertas tienen su pirograbado en forma de rectángulo cerca del borde, las manecillas son de metal color dorado también, por dentro cada compartimiento dividido: arriba las aves, en medio las hormigas y abajo los insectos.
Lugar donde se corta la naturaleza.
Así un árbol, un pedazo de madera se convierte en arte, en un mueble cualquiera, que es moldeado con manos que quizá no saben qué pasa con ese tronco y qué pasaría si se acaban. Pero mientras tanto seguimos aún inconscientes de cómo se hacen las cosas, de cómo se hace la silla de madera en donde estás sentado, la mesa de madera donde comes, la cama de madera donde duermes, etc. Y para taparnos los ojos voluntariamente cantaremos “Aserrín aserrán los maderos de San Juan” con el inconveniente que ya no son de él, ni de esos humildes carpinteros que se ganan la vida con arte, son de las multinacionales con manofactura, con grandes maquinarias que remplazan al hombre y que en un mañana no moldearán árboles, sino humanos, porque estos se acabarán.
MAPCH

Retratos

El ejercicio de tomar fotografías a personas, tratando de hacer retratos, está a cargo de Mario Andrés Pérez Ch. Los retratos fueron hechos en Bucaramanga, Santander; Ocaña y La playa Norte de Santander. Los modelos fueron  Nubia Rivera, la señora Rosa, y su servidor Mario Pérez.









domingo, 12 de febrero de 2012

Fotos hechas en el parque la Flora con el fin de realizar tomas de paisaje







Ceniciento en el siglo XXI (Crónica sobre el trabajo de un compañero de estudio)

“Y érase una vez un ceniciento que atendía a la gente”, así empezaría esto de ser un cuento de hadas, pero no lo es, o puede que sí, el final aún no está escrito. En este caso no hay brujas malvadas, animales que hablen o cosas mágicas que sucedan, solo un hombre esmerado por sobrevivir en la sociedad y cumplir sus pocos sueños, Sergio Andrés Gómez Barajas, estudiante de Química pura en la Universidad Industrial de Santander, hijo único de una familia humilde, él al igual que muchos hombres que desde los quince años empezaron a saborear el trabajo informal, conocieron ese paso de adolescencia a juventud, diferente a la del sexo femenino, a esas melancólicas quinceañeras, que salen con un vestido en forma de pera con colores extravagantes, en el sexo masculino es remplazado por un overol, las zapatillas por unos tenis deportivos “venus”, las quince rosas son cambiadas por quince horas distribuidas entre estudio y trabajo, no esperamos al príncipe azul y tampoco lo somos, es la realidad la que duramente conocemos en ese lapso de quince años en adelante.

Checho, como le dicen de cariño los compañeros de estudio y trabajo, después de seis años sigue en el glorioso trabajo informal, como mesero. En las noches en un restaurante y los fines de semana en una casa de eventos, cuando hay.

El veintisiete de enero del dos mil doce tuve la oportunidad de ir a conocer su profesión, a las seis de la mañana empecé la aventura con Checho, llegué a su casa ubicada en el barrio San Francisco, saludé a su madre que se había levantado unos minutos antes para prepararle el desayuno, él todavía en toalla y avergonzado me pidió un momento mientras se alistaba para su larga jornada de casi veinticuatro horas. Mientras esperaba el olor a panela inundaba la casa, varios diplomas adornaban el pasillo de su morada, demostrando el esfuerzo y el orgullo de su familia, yo estaba sentado en la sala, en la mecedora veía el ir y venir del joven apresurado dejando el aroma a jabón que se mezclaba con la miel artificial.

Siete de la mañana, salimos a coger el bus hacia la autopista de Piedecuesta, con dos billetes pagó su transporte y con unas pocas monedas se sentó en último puesto con la mirada perdida y quizá un poco de sueño, me comenta que está cansado, estudiando, que se aproxima la semana del tedio donde a veces el esfuerzo es mal remunerado en nota, que estudió hasta la una de la mañana tratando de recuperar el fin de semana que va a perder por trabajar y suplir otras necesidades.


Sin interrumpir su viaje y pendiente de lo que hace, veo que la vida le pasa por una ventana, que en ese momento era un híbrido entre el sin fin de personas que estaban en ese momento al otro lado del vidrio transparente y la canción que sonaba en su “mp3” de AC-DC, Back in black, llegamos a un restaurante de la autopista, timbró para la parada y su mano se estiraba con resignación mirando hacia adelante, baja lentamente y cruza con precaución la apresurada autopista, llega a un lugar llamativo y comida muy gustosa. –Checho-  le dice un compañero, -la llegada es a las ocho y ya pasaron diez minutos- con un poco de burla le da un apretón de manos, y comienzan a asear el sitio, unos escobazos por la derecha otros por la izquierda, sacar los materos y ponerles un poco de vida, -páseme un poco de H2O hágame el favor- dice Checho a su compañero Ricardo, este sábado solo habrán dos meseros, las ventas han bajado, luego trapear para secar el agua que escurre por las venas del baldosín y finalmente arreglar las mesas, -esta vez no van horizontales van a ir como una mesa de ajedrez- dice Ricardo. 


Ya eran las diez, un señor robusto salió de una pequeña oficina, saludó a los dos meseros y les exigió servicio para la mesa donde estaba, Checho le explica la situación y frunciendo las cejas da un gesto de poca aceptación, un hombre poco amigable o tal vez en una mala situación económica. Él se quedó en el cajero esperando los clientes.

Medio día y el cocinero prepara quince menús diferentes para las mesas que llegaron, a mi parecer el restaurante ofrece un buen servicio, pero el señor robusto exige más, estaba cerca de la caja y escuchaba sus reclamos innecesarios a los colegas. –Mire haber qué quieren, apuren, lo qué sea, vaya no se queden parados como estatuas- los meseros con su uniforme lívido por el ánimo van y vienen de las mesa. –El plato se demora de veinte a treinta minutos, es a la carta señora- por tercera vez aclara Checho, pero sin barriga llena no hay corazón contento y se queja con el administrador, sorpresa, es el mismo cajero. –Tranquila señora ya le sale el plato, es que el mesero no le supo explicar al chef. Ya sale. Sí, sí señora-. Ahora Checho con el plato en la mano se acerca y lo pone en la mesa, simultáneamente pide disculpas por su incompetencia, otorgada por otro.

-Ya estamos acostumbrados ¿no Mario?- Me dice sonriendo mi mejor amigo, pero ahora no vivo en carne propia el rechazo o la indulgencia de las personas, soy testigo. Por otro lado una familia sale muy contenta por el servicio y aparte del cinco por ciento que le corresponde al mesero en la factura por concepto de propina, el papá, al parecer de la familia, le extiende la mano y en la punta de los dedos lo que se llamaría magia, un truco, o un milagro en la vida de un mesero, cuarenta mil pesos de propina adicional, un momento que pasa a la historia.

Esta semana marcha bien, podrá ir a Guatiguará, una sede de la “UIS” ubicada en Piedecuesta, a recibir las clases prácticas, sin preocuparse por el dinero para el transporte, así transcurren tres horas de trabajo, empiezan a recoger y dejar todo listo para mañana, el señor robusto los llama, una jornada de ocho horas tiene su recompensa, treinta mil pesos con propinas, pero a Checho le fue mejor.

Salimos los tres a carcajadas acordándonos del incidente de la señora y el rubor natural del administrador cuando le hizo el reclamo. Ahora bus para cabecera, la jornada no termina, hay un turno en la casa de eventos hasta las dos de la mañana. Ricardo se baja en otro lugar y Checho en la zona rosa, entra a la casa de eventos y saludan amistosamente.

Son las cinco de la tarde y junto con tres meseros más -a “montar el salón”-, dice don Juan el administrador del lugar, es decir, poner cristalería, cubiertos y servilletas en las mesas, esta vez son ciento cuarenta personas a las que tienen que atender estos cuatro valientes mosqueteros de la etiqueta y el servicio.

Son las seis y van a cambiarse, los cinco en el baño de hombres, hacemos bromas y comentarios burlescos sobre todo, Checho al igual que los demás saca su habitual traje de pingüino que parece recién planchado por las manos suaves de su madre, que conserva esa calidez y ternura con la cual solo una madre podría alistar el uniforme de su hijo.

Los toques finales, el corbatín un poco ajustado, la mirada cansada y el cabello bien acomodado con gel, hasta ahora el inicio de la jornada, la segunda, para Checho. En este momento se me viene a la cabeza el término “mesero” que según el DRAE dice: “Camarero de café o restaurante” y me pregunto si servir a los demás es gratificante o si alguien mira lo difícil que es atender treinta y cinco personas por cada camarero, cuando es evento.

Pues bien, llegan las personas al sitio, son unos quince años, ya se sabía por la decoración, entran unas noventa personas y empieza el camello. Checho y los demás reciben órdenes de don Juan que es el coordinador de la fiesta, llevan cocteles de bienvenida, son las nueve y la quinceañera hace su aparición única y majestuosa con la risa que traspasa fronteras, caminando en una alfombra de nubes, con su traje lila, con una corona de plástico en la cabeza y de la mano del papá, Checho apaga las luces del salón y cuando ella está en la mitad las enciende, aplausos por todas partes, algunos silbidos de los amigos que vienen con trajes peculiares, al parecer hay una coreografía, son como veinte jóvenes entre hombres y mujeres, vestidos con pantalón y chaleco blanco, camisa morada y zapatos negros, las mujeres con vestidos blancos, muy cortos, cinturones morados o lilas y zapatillas blancas, grises y negras; enseguida suena una mezcla hecha por “dj tutto”, empieza el show.

En la mitad del baile el coreógrafo exige veinte copas para los bailarines expertos y Checho con su gentileza va y las lleva en una charola, es un malabarista, la experiencia y los nervios de acero, hace que todo salga bien, luego reparten un poco de whiskey, crema de whiskey y coctel para los jóvenes que al parecer no hay, ya que todos dicen ser mayores para recibir el néctar preciado los pudientes.

Se reparte el ponqué y algunos “niños grandes” al no recibir la bebida de los adultos comienzan a ofender a los meseros. Pero Checho y los demás continúan al ritmo de la música que no para. Once de la noche, la comida está servida,  se baja de un tercer piso, donde queda la cocina, Checho y su séquito suben vacíos y bajan con cinco platos en la charola y además uno en la mano, unas diez o quince veces, cada uno, ejercitan las piernas, hacen cardio. Tal vez sea la costumbre, o tal vez no se sepa el peso que lleva el mesero, pero es un artista, siempre sonriendo y trotando. En una hora se termina la comida, y ahora ronda de baile y trago, Checho recoge los vasos y las cosas que ya no se utilicen en las mesas y hace de su cuerpo una serpiente.

A la una de la mañana él sube a comer, después de todo queda espacio para un descanso, subimos al tercer piso, la comida al aire libre en la terraza con una temperatura ambiente, el plato ya es un helado de carne, pollo y ensalada con puré de papa de forma exótica, la salsa chantillí y de champiñones ya están coaguladas y calentadas solo por el calor humano.

El placer en su mirada de sentarse unos segundos mientras come, quitarse los zapatos para estirar los dedos de los pies si es que aún los siente, y sin embargo sale una sonrisa, pasaron las doce de la noche y el encanto continúa, -somos cenicientos- le digo con alegría, y él solo dice que todos tenemos una parte de eso, se nota casado. En diez minutos vuelve y baja cargado de samovares y platos que sobraron, el único descanso ya terminó.

Las dos de la mañana la fiesta termina, los invitados salen hablando incoherencias y agradeciendo por el servicio, la quinceañera jamás culminó su sueño y sale en busca de su príncipe, los padres agradecen por el servicio y las manos vacías para un apretón de manos.
Así Checho y los demás recogen todo en el salón y lo bajan al sótano, dos y media la paga aparece, cuarenta mil pesos, por nueve horas de trabajo, y el hechizo termina, rumbo a casa.


Llega a su hogar, todos están dormidos, se lava la cara y se pone ropa cómoda para dormir, pero no tiene sueño por el dolor y el cosquilleo que tiene en sus piernas, a las cuatro finalmente el cansancio vence al dolor. Y menos mal este domingo no trabaja en el restaurante, así que Checho aprovecha para estudiar y cumplir con su carrera universitaria en la “UIS”, con cierto aire de orgullo, esta semana tiene para las copias y los trabajos, además para ayudar a su familia y quizá dedicarle tiempo a su pequeña novia, su princesa azul, él no llegará en corcel, pero sí con un abrazo y pensando que mañana será un profesional.

MAPCH

domingo, 9 de octubre de 2011

Dos morales una vida (Crónica sobre una profesión)

Una madre abnegada se levanta de su cama a las diez de la mañana, ya una costumbre casi diaria, observando tras sus pesadas pestañas el paso del tiempo, aquel que se ha detenido justo en el momento en que despierta. Ella con el delineador corrido en su mejilla, tal vez simulando unas pequeñas lágrimas disecadas, posiblemente mientras dormía su alma vivía una tormenta.

Son las cuatro de la tarde, y en un lugar nocturno del centro de la ciudad, unas bellas damas entran a un establecimiento llamado, “Las tres cruces”, (nombre dado por el escritor de esta crónica para cubrir el verdadero, por petición de la entrevistada). Encontrándome en la puerta del local veo pasar a veinte mujeres sin maquillaje, con la mirada pérdida, algunas me miran de arriba abajo sin pronunciar palabra, y otras me dicen –Tienes ganas muchachito–, no todas llegan al mismo tiempo y ya son las cinco y ha entrado más de la mitad, el sol comienza a caer y esconderse, al parecer no quiere ser testigo de algunas cosas.
Con mi pantalón azul, camisa formal manga larga y un busito blanco veo el pasar de los carros, las personas me miran con cierta confusión y aquellas que van acompañadas hablan del lugar y señalan, perdí la cuenta pero creo que ya son todas me dispongo a tocar, cuando de repente de un empujón soy movido de la puerta por una bella figura femenina. –Discúlpeme joven–. Y entra dejando el perfume dulce, una fragancia de revista. El celador, un hombre gordo y grande no más que yo, me hace pasar con cierta desconfianza, - No acostumbras a estos lugares, no quiero problemas–, dice con voz gruesa. Supongo que al estar parado demasiado tiempo al lado de la puerta causó curiosidad.

Afuera, las seis de la tarde y los faros de la calle empiezan a encenderse y aquello que dicen las religiosas o puritanas, se convierte en mi viaje, estaba dando los pasos al averno. La entrada oscura, iluminada solo con unas barras de neón de color morado, que daban luz a las escaleras que terminaban en el segundo piso, en este caso no se baja al infierno se sube al cielo, según unos jóvenes que venían detrás de mí. Con una risa en mi gesto llegué a la cima ya más alumbrada, con luces al parecer apagadas y lúgubres, gran cantidad de mesas en forma de luna menguante, al centro del lugar una pista de baile y más adelante una pequeña tarima y dos tubos que según mis coetáneos, que ahora me hablaban, era para hacer la danza del hechizo.

Viernes, siete de la noche según daba mi reloj, y el local que desde las cuatro es oscuro ya estaba empezando a tener mucha clientela, algunas muchachas estaban ya al parecer con personas que acostumbran a venir, y yo en una mesa con los jóvenes que ahora me gastaban una cerveza, que yo mismo pedí en la barra, quedé anonadado, mis ojos se empañaron y mi corazón más que un órgano vital se convirtió en mi enemigo, tenía una taquicardia. Salieron quince diablas que promovían la tentación y el pecado. Doña Remedios tenía razón, son brujas, pues, a todos los tienen hechizados mientras pasan por las mesas casi medio desnudas. Estaba en la última y con los silbidos extravagantes de todas partes, llegaron en emboscada tres divas, una mano apareció detrás de mi cuello que bajaba por mi pecho, el trago de cerveza que había tomado se convirtió en una bola pesada que bajaba por mi garganta haciendo que los ojos se sumieran, ahora entendía por qué la media luna, pasó adelante una de ellas, muy preciosa, sin desprender la mano de mi pecho.

A mi lado derecho los gastosos estaban poniendo billetes en la prenda íntima de dos muchachas, y sin perder tiempo tocaban y besaban, uno de ellos me miró diciendo, - La plata es oro acá– de nuevo mire el reloj eran las nueve de la noche y tenía seis cervezas en la cabeza y dos mil pesos sencillos en la billetera, al alzar mi mirada, ella bailaba sensual, quizá suene atrevido pero eran movimientos poéticos, llenos de metáforas y cargados de antítesis, mostrando con su mano la cadera que hipnotizaba. Mis circulares esferas que daban color a su prenda íntima rosa, y un empujón en el hombro del que estaba a mi lado me despertó de lo que no era un sueño, enseguida saqué avergonzadamente de mi cartera dos Jorge Eliecer Gaitán.

Mis manos temblorosas tocaron su piel blanca y suave tratando de coger el hilo delgado que tenía cubriendo el crepúsculo, y tirando lentamente de él puse el dinero doblado varias veces, soltando la prenda que ajustaba el botín, pensé, “se va a enojar son solo dos mil”, pero sorpresa, ella bailaba más y empezaba a desprenderse de su intimidad, no la había mirado a la cara tenía timidez, qué pensaría de mí.

Su sostén terminó por ser una horca en mi cuello, que me acercaba más y más a sus dos nubes esponjosas, el eclipse ocurrió mientras miraba las diez de la noche y ocho bebidas, ella hizo un injerto de pieles, mi rostro inundado en el aroma de sus pechos, y un gran témpano de hielo calmaba el volcán en mi cara, en ese momento escuché sus palabras, su voz al fin decía algo.

Sin saber qué ocurría a mi alrededor ella dijo – Qué quieres mozuelo. – sin palabras y con el alcohol haciendo efecto y las hormonas en todo mi cuerpo, observé en sus ojos algo que daba prisa y por qué ahora. Sin pensar, sin hablar más de la cuenta ella continuó, -El normal vale cuarenta, el doble sesenta y el triple ochenta, treinta minutos y si es más vale otros cuarenta–. A mi lado se paraban los dos muchachos calenturientos, apresurados y con malicia en todo su ser, se marcharon. Le mencioné que el normal y estiró la mano, le di el dinero y me agarró del brazo como si me llevara al matadero, no pronunció nada, entramos al tercer piso, habitaciones a mi derecha e izquierda ya con más luz observé a varias parejas entrando y saliendo de las alcobas de la tortura y el placer.

Se abrió una puerta, era el cuarto del tiempo, una sola cama doble y con sabanas blancas, una peinadora y un baño era lo que adornaba el lugar, ella se desvistió, señaló la cama para que me acostara, y ahora detalle su rostro. Una dama de quizá veinticinco años, hermosa, la misma que me empujó al entrar en el establecimiento, solo miraba su rostro y me dijo –¿Tienes miedo?– Con las manos cruzadas y la voz tartamuda, -Claro que no, solo que no vine a…-. -Cómo y entonces te burlas de mí eso es–. Se viste y se sienta en la cama tapándose el rostro.

Las diez y diez, me siento a su lado, -Lo siento no fue mi intención–. Ella con la frente arrugada me pregunta -Qué quieres–, le explicó que solo hablar, que necesitaba hablar y me encontraba ahí por accidente. Luego de entender el motivo me sonríe y da un gesto de aceptación, -Olga, mucho gusto-.

La conversación se presta amena y luego de unos chistes para romper el hielo, y contar la verdadera razón por la que me encontraba en esos apretones, le dije –Cuál es tu historia-. Saca un teléfono debajo de la cama, marca y pide una del blanco a la habitación ocho. –Esa la pagas tú-, me dice con tono burlón. Aclaré que no había problema, pero, no tenía para pagar más tiempo, de charla, -No importa hace rato nadie se interesaba por mí, hoy descanso y qué alguien me diga algo-. Curioso, era viernes el comienzo de un buen fin de semana, sin divagar me alegré, “buena crónica pensé”. Tocan, Olga abre la puerta y paga con mi dinero cerrando con llave, no sin antes poner con sutileza el letrero de “No molestar”.

-Mi historia mozuelo, un día estudiaba en una universidad de Cali y sin plata una amiga me convence de que está es una buena vida, sin más ni más accedí. Primero fue con un amigo de ella luego con otro y otro, la plata fácil envicia la vida, esto es como cualquier droga te metes y es difícil salir, trescientos o cuatrocientos mil en una noche, qué vida mozuelo, qué vida-. Solo escuchaba asombrado, hablaba como una mujer de cuarenta o cincuenta años, la experiencia que debe tener, -Sigue no pares, desahógate-, le digo sin más palabras qué encontrar. –Pues, dejé poco a poco el estudio por la plata, tenía dieciocho años y la vida se prestó para que me volviera puta-, pronunciaba con ardor en su alma y pasando uno tras otro un trago de anís.

-A mis diecinueve cumplidos me llega la sorpresa que soy madre, sin saber de quién, la vida se vuelve mierda y la familia te da la espalda, después de darles tantos lujos, mi amiga me aconseja que aborte, pero, no, no puedo y no lo hice. A mis veinte pasaditos una linda bebita que alimentar y sola, sin trabajo porque simplemente me volví disque gorda, mozuelo la fiesta del caucho de esas perras que se ponen tetas y culo, así sola vine a terminar a Bucaramanga con mi hijita-. Sus ojos se vuelven un pequeño nacimiento, en él se descuelga la rabia y desesperación qué pasó, es un riachuelo negro por el delineador que cae. –Acá pase hojas de vida y desde que llegué trabajo acá, atendiendo borrachos, locos, ejecutivos,  hombres casados, solteros, de todo mozuelo, de todo, y mi hija inocente de la realidad a sus ocho años, estudia mientras ve a su madre salir en las noches y volver en la mañana sin preguntar nada-. Ahora el nacimiento es el amazonas y en vez de micos, grillos o el sonido del viento moviendo los árboles, se escuchan gemidos de las dos habitaciones continuas con el chillido de las camas y palabras obscenas.

-La morena si goza el trabajo, no tiene hijos y además está empezando, qué te parece mi trabajo mozuelo-, me pregunta agitando su cabello. No sé qué decir y terminó con una palabra. –Siento orgullo-, con cierto rocío en mis pómulos, -Sé que has pasado por cosas peores, atender gente es complicado-, continúo para no ahogarme en llanto, una risa enorme y carcajadas. –No sabes mozuelo tendrías que quedarte un mes si acaso para ser testigo de toda esta porquería, pero te digo me han golpeado, ultrajado, no puedo decir violada porque no me creen, alguno borrachos que vomitan la cama y luego quieren los muy desgraciados que los bese, otros se orinan en el piso y no hacen nada, algunos abusan en su fuerza y generalmente es así y lastiman, eso como tú lo dices la manzana, gritan el nombre de mujeres extrañas y gritan, por ejemplo “toma Zoraida”, cosas así. Otros son solteros, son los más calmados y vienen y se van, o los que los hecha la esposa me convierten en ella, en fin de todo-.

Son las dos de la mañana el tiempo pasa rápido, no solo hemos hablado de eso, pero es lo que acá interesa, terminamos el litro de blanco como lo llama Olga, ella se para y me dice que ya viene, en realidad un poco asustado a las tres aparece, yo que ya me encontraba en la barra a punto de salir me dice –En dónde vives-, no supe qué responder y pide otra de blanco, -Vamos a mi casa, dale no te voy a comer y de paso sigues con tu cuento ese-. La mire y en un momento estábamos en el taxi llegando a un barrio de Provenza, entrando a un pequeño y humilde apartamento, donde ya las cuatro y el alba apunto de asomar, con voz baja pasamos a la sala y solo con una vela prendida para no despertar a su hija, responde mi pregunta.

-Sí, al principio fue difícil pero una se acostumbra y por la plata baila el perro, o en este caso la perra, “jajajajja”-, se ríe ya un poco entonada, -Bueno al menos cuando una no da los tres platos todo es mejor no me siento tan ultrajada, pero, se gana más. No me salgo porque una vez la mano se unta el cuerpo también. Y sí, mi hija es una razón, pero, mis papás al fin se dignaron de recibirla, bueno me quitaron la potestad, según la ley por ser de la vida alegre y un mal ejemplo, cuando a ella nunca le ha faltado nada, nada, ella es mi vida-. Toma más y más desde el pico de la botella, asustado la calmo, y me doy cuenta que está igual que en Cali sola, ahora con su hijita pero no por mucho, tal vez a eso se debió mi suerte de encontrar este testimonio, alguien necesitaba vaciar, quitarse esa enorme piedra que cargaba en su cabeza. Me doy cuenta que las personas juzgan mal, sin saber con qué hambre come el otro, y si ella le llama trabajo decente ya que no roba, ni mata, no lo hace la sociedad.

A las cinco de la mañana la llevo tambaleándose a su alcoba y se acuesta con la ropa puesta y la sabana encima, suspirando, sin saber si por su hija, por la familia, el trabajo, o quizá sabe que mañana comienza de nuevo su doble vida.

MAPCH